Robledo Puch, el mayor asesino serial de la Argentina

Ricardo Osvaldo Rufino  mir1959@live.com.ar

Fue el protagonista del raid más asombroso de la historia delictiva argentina.

En una época signada por la violencia política –comienzos de la década del 70-, y por el crudo enfrentamiento entre grupos extremistas y las fuerzas militares y policiales, él se dedicó a matar por puro placer, por pura locura.

Hoy en pleno 2011, cuando los argentinos ya nos habituamos a convivir diariamente con el delito y los crímenes que jaquean calles, veredas y domicilios a lo largo y ancho del territorio nacional, cuesta sinceramente comprender la magnitud y el golpe emocional que ocasionó a la población de ese entonces la saga atroz de Carlos Eduardo Robledo Puch. A él me refiero.

Y es por esto mismo que decidí escribir esta reseña periodística. Vuelvo a reiterar: en nuestro país existía en esos años un clima de intemperancia, pero era en definitiva el tiempo de un país que buscaba de modo desordenado y caótico su identidad política y social, que discutía

enfervorizadamente (a través de las ideas o de las armas) como determinar un rumbo y una identidad que clarificaran su futuro. En el aspecto delictivo, se vivía un tiempo de cierta tranquilidad o pasividad, si se lo compara con el actual. Es por esto, que la aparición en las páginas de los diarios de la cara de niño malvado de Robledo Puch ocasionó asombro y estupor.

La historia puede resumirse de esta manera: Entre el 15 de marzo de 1971 y el 3 de febrero de 1972, un muchacho de 19 años mató a once personas. Las mató a balazos, por la espalda o mientras dormían. No tuvo compasión con ellos. Tampoco “códigos”. La detención de Carlos Eduardo Robledo Puch, el mayor homicida múltiple en la historia del país, conmocionó a la sociedad, que desplazó a segundo plano toda otra noticia para orientar su centro de atención a los entretelones del caso, al tiempo que se hacía eco de los detalles que trascendían sobre las “proezas” de Robledo Puch. Su etapa juvenil fue fugaz y atormentada, hoy es un hombre que todavía conserva la mirada fría y penetrante de aquel muchacho que mató, incluso, a sus dos únicos amigos.  

Sus confesiones y andanzas llenaron durante meses la crónica policial. Lo bautizaron “El ángel rubio”, “El tuerca maldito”, “Cara de ángel”, “El muñeco maldito”, “El ángel de la muerte” o “El Chacal”. Su rostro angelical, sus rizos rubios y ojos claros, lo alejaban del aspecto promedio que suelen presentar los delincuentes. Pero pronto la descripción de tantos crímenes dejó paso a otro deporte: interpretar a aquel monstruo. Esto es, indagar en los posibles motivos que lo llevaron a tan corta edad a matar y asesinar con semejante dosis de frialdad y determinación. Lo más sorprendente eran las explicaciones que el propio Robledo Puch daba para justificar su accionar: “Un pibe de veinte años no puede estar sin guita y sin coche”. ¿Cinismo? ¿Provocación? ¿O la inerte razón de un individuo que pertenecía a un mundo de infinita miseria, víctima de un universo personal en el cual los principios y valores estaban definitivamente ausentes?

“Tenía 20 años, era aparentemente un chico común, perteneciente a una familia de clase media”, lo describió el juez Víctor Sasson. Claro, no mostraba el aspecto de un criminal convencional. Una revista semanal lo interpretó a la luz del psicoanálisis: Robledo Puch, decía Panorama, “es visto como el Mal con aspecto de Bien y al horror real de los crímenes se suma el de la fantasía…”. El diario Crónica explotó a fondo esa dualidad, aseverando que “Es niño bien, tiene 20 años, carita de ángel, frío, feroz y cínico”. “Niño bien” es una expresión habitual enla Argentina, que significa que pertenece al seno de una familia acomodada, de buena posición social y económica.

 Su récord homicida fue breve y aun hoy, a treinta años de distancia y con mucha sangre corrida durante las últimas décadas del país, impresiona. En un año mató once personas –quizá más- y consumó decenas de asaltos. Lo hizo en supermercados, quioscos y garajes de Acassuso, Martínez, Olivos y Vicente López. No necesitó salir de su barrio –uno de los más exclusivos de la zona norte, que rodea a la capital dela Argentina-  para pasar a la historia más oscura del país.

Esta historia puede perfilarse de la siguiente manera: Comienza la década del 70 y Robledo Puch es un muchacho rubio, flaquito, de exuberante cabellera rizada, nacido el 22 de enero de 1952. Su familia parecía absolutamente normal. Su padre, del que hereda los dos apellidos, es descendiente del general Martín Miguel de Güemes, el prócer norteño que luchó dignamente contra las tropas españolas en la época dela Independencia. Estambién un importante técnico dela General Motors(la segunda fábrica de automóviles más importante dela Argentina). La madre del joven es hija de alemanes. La familia vivió mucho tiempo en Tigre, y después en un chalet de Villa Adelina.

Robledo Puch, a quien en el colegio llamaban “leche hervida”, por su carácter, o “el colorado”, es un rebelde. Un violento. Es inteligente y buen lector, pero tiene lo que, eufemísticamente, se llama “problemas familiares”. Por robar una moto lo mandan un tiempo a un correccional. Sus padres hicieron de todo para disciplinarlo, por ejemplo, colocarlo en diversos colegios, donde invariablemente era expulsado.

Ejemplos de la crueldad en el accionar de este demonio: el 15 de marzo de 1971 dos hombres dormitaban a la madrugada en dos catres: son el dueño y el sereno del boliche Enaumor, en Espora 3285, Olivos. Entran Robledo Puch e Ibáñez por una ventana trasera. Se llevan 350.000 pesos de ese entonces de la caja. Robledo Puch ve a los dos hombres dormidos y desenfunda su Ruby 32. Les pega un balazo en la cabeza a cada uno de ellos. Mueren sin despertar. ¿Un ladrón habitual actúa de esta manera?

El 9 de mayo de1971, alas cuatro de la madrugada, Robledo Puch e Ibáñez se descuelgan por un tragaluz y entran en un negocio que vende repuestos de automóviles Mercedes-Benz, en Vicente López. Robledo Puch se introduce en el dormitorio donde reposan una pareja y un niño de corta edad. Robledo Puch asesina al hombre y dispara contra la mujer. Ibáñez, a pesar de que la mujer está herida, intenta violarla. Ella sobrevivirá como testigo. Antes de huir con 400.000 pesos, Robledo Puch dispara a la cuna donde llora un bebe de pocos meses que salva la vida de milagro: la bala lo roza.

La noche del 24 de mayo Robledo Puch e Ibáñez ingresan en un supermercado “Tanti”, en Olivos, y asesinan al sereno.

Hasta entonces, la policía no había ligado estos crímenes entre sí. Formaban parte de la trama del delito que palpita en una ciudad inmensa. La simultaneidad de los hechos había ganado algún espacio en los diarios: “Volvió a golpear la secta del crimen en la zona norte”, rezaba un título.

El 13 de junio de 1971 Jorge Ibáñez entra en un garaje del barrio de Constitución, enla Capital Federal.Son las once de la noche. Sin pronunciar palabra, mata de un tiro en la cabeza al cuidador. Ibáñez elige, de entre los coches que duermen en el garaje, un Ford Fairlane y se retira tranquilamente, dirigiéndose hacia el norte de la ciudad. Pasa a buscar a su amigo y comienzan a deambular por Olivos. Enla Avenidadel Libertador al 3800, Ibáñez ve una mujer joven que sale de un boliche.

-Traela – ordena a su compañero. Robledo cumple la orden.

Ibáñez le cede el volante a Robledo Puch, que a toda velocidad comienza a circular porla Avenidadel Libertador. En el asiento trasero, Ibáñez viola a la muchacha. La dejan bajar en la ruta Panamericana. Pero mientras ella se aleja, Robledo Puch la acribilla con cinco tiros en la espalda.

Carlos Robledo Puch y Jorge Ibáñez formaban lo que se llama una “pareja delincuente”. Como los asesinos norteamericanos que Truman Capote retrató en su libro “A sangre fría”, había entre ambos una relación de dependencia, quizá de sumisión. Ibáñez era la cabeza pensante y Robledo Puch, el ejecutor. Ibáñez mandaba y Robledo Puch obedecía.

Pocas noches después de matar a la adolescente, se toparon con otra muchacha que salía de Katoa, en Vicente López, donde el novio trabajaba de camarero. Quisieron subirla al coche. La muchacha se resistió tenazmente a la violación e Ibañez desistió. La arrojaron del coche semidesnuda y cuando ella corría al borde de la ruta Panamericana, Robledo Puch la mató a tiros. Otra vez en evidencia su absoluto desprecio por la vida.

El 5 de agosto, Robledo Puch e Ibáñez recorrían la avenida Cabildo en un Di Tella que era del padre de Carlos. Robledo Puch tuvo un descuido y se estrellaron contra otro coche. Ibañez, que viajaba en el asiento del acompañante, murió en el acto. Robledo Puch incurrió en una conducta habitual en él: la frialdad absoluta ante la muerte. Le sacó la cédula a Ibáñez, se bajó del coche y se retiró a pie.

El escritor Osvaldo Aguirre señala que Robledo Puch permanece en la memoria colectiva no sólo por la desmesura de sus crímenes, sino también porque jamás se arrepintió ni pidió perdón. Yo personalmente creo que su permanencia en la memoria colectiva nacional es una cuestión de dimensión, de tamaño.La RepúblicaArgentinatenía a comienzos de la década de 1970 no más de 22 millones de habitantes. Era una nación grande en superficie, pero no demasiado poblada. En ese contexto, que una sola persona asesine en escaso tiempo a más de 10 personas –y con tal grado de malicia y carencia de escrúpulos -, es, al menos, portentoso.

El 5 de febrero de 1972 fue detenido por el subcomisario Felipe Antonio D’Adamo frente a su casa. Pasó muy poco tiempo para que se compruebe que es el autor de una ola de robos y asesinatos. El 8 de febrero, los periódicos informaron sobre la detención de uno de los mayores criminales de la historia de Argentina. Diariamente, los diarios Clarín, Crónica y La Razón se enseñorean con el asesino: exhiben su homosexualidad, le endilgan crímenes que no cometió. Lo describen como a un animal sediento de sangre. Los reporteros de televisión buscan a parientes y amigos para exponerlos ante las cámaras. Los periódicos de entonces llegaban a publicar hasta 5 o 6 páginas diarias sobre el caso del “Ángel malvado” durante 1972 y parte de 1973. La gente exige la muerte de Robledo Puch e intenta agredirlo físicamente. Por caso, el diario Crónica (especialista en temas policiales) titula: “El pueblo intentó linchar al monstruo”. Nunca un caso criminal conmueve tanto a la sociedad argentina. Durante semanas, toda actividad política, deportiva o artística queda relegada ante el impacto de lo que estaba sucediendo en la capital del país.

Es conducido a la cárcel en 1972, y a mediados de 1973 logra fugarse. Es rápidamente detenido, él se entrega sin resistencia. “No tiren, soy Robledo Puch”, fueron sus palabras. Pero lo que es digno de recordarse es la ola de pánico y temor que se extendió por Buenos Aires y zonas adyacentes durante esas horas en que permaneció fuera de la prisión. El monstruo estaba nuevamente libre y la fantasía de muchas personas lo convertía en una figura demoníaca que vendría a atraparlas. Yo era muy joven, pero recuerdo que también cundió la indignación. “Como puede ser que han dejado escapar al mayor asesino que conocimos y padecimos los argentinos”, era el tenor de las quejas repetidas.

El periodista Rodolfo Palacios quizás es el argentino que más ha investigado y que más sabe sobre Carlos Eduardo Robledo Puch. Lo entrevistó en la cárcel y escribió el libro titulado “El ángel negro” (Editorial Aguilar, 2010). Esto afirma el autor en un reportaje concedido al diario “Día a día” de la ciudad de Córdoba: “En 1972, cuando lo detuvieron, confesó cada uno de sus crímenes. Aunque lo hizo bajo torturas. Eso me lo confirmó una persona que participó de la investigación del caso. Lo torturaron en la comisaría 1ª de Tigre, que tiempo después fue un centro clandestino de detención de la dictadura militar, que comenzó en 1976. En esas confesiones dio todos los detalles. En mis encuentros negó haber matado a esas personas. Acusó a Jorge Ibáñez y Héctor Somoza, sus amigos y cómplices. Dice que él robaba, pero que ellos mataban. Eligió el camino más fácil: echarle la culpa a los muertos”.

Palacios también relató que la dimensión de la soledad de Robledo era inmensa. Cuando concurrió a la cárcel de Sierra Chica (ubicada a12 Km. de Olavarría) por primera vez se enteró que su última visita había sido la de su padre 8 años atrás. Su madre murió en un manicomio. Sus parientes se mutilaron el apellido por vergüenza: se llaman Robledo a secas. El periodista contó que debido a esta sensación de soledad, el detenido y asesino múltiple comenzó a sentirse amigo de él y le escribió nada menos que 45 cartas en el período de un año y medio.

El periodista del medio cordobés le preguntó a Palacios: ¿Sentiste pena por Robledo? Y esto respondió: “A veces sentía pena por Robledo. En los 38 años que lleva en prisión, quedó solo. En 1973, cuando lo recapturaron de una fuga de la cárcel deLa Plata(Unidad 9), los otros presos lo golpearon. Sufrió todo tipo de vejámenes. Mi desafío al momento de escribir el libro fue humanizarlo. Mostrar la otra cara, por supuesto sin ocultar su maldad ni la masacre que causó. El problema era pasar la línea y presentarlo como la víctima. Busqué ser equilibrado. Pero me dio pena cuando una tarde recordó a sus padres y lloró por ellos. Las pericias psiquiátricas de 1972 decían que era un psicópata cruel y desalmado, incapaz de tener un sentimiento”. Tremendo.

El juicio encargado de determinar la culpabilidad de Robledo Puch duró poco tiempo y se realizó en 1980. Fue condenado a cadena perpetua por diez homicidios calificados, un homicidio simple, una tentativa de homicidio, diecisiete robos, una violación, una tentativa de violación, un abuso deshonesto y dos raptos, además de dos hurtos.

Carlos Eduardo Robledo Puch es actualmente el preso con mayor permanencia en el sistema penal argentino. Lleva 39 años detenido. Los especialistas explican que recién en 2015 puede tener alguna posibilidad de verse beneficiado con la libertad condicional.

Hoy, según los peritajes psicológicos, Puch presenta “una estructuración psicopática de la personalidad, con rasgos de perversión y cierta ideación delirante. No existe culpa, no acepta sus crímenes y se observó cierto grado de agresividad contenida”. Con este diagnóstico, no hay posibilidad de ningún tipo de permiso de salida.
 El rumor tumbero dice que el convicto mantuvo una relación sentimental muy fuerte con un compañero de celda, pero desde que éste recuperó la libertad, en 1999, no volvió a vincularse con otro interno. Las autoridades de Sierra Chica lo identifican como un preso de buena conducta, pero sus ataques psicóticos hacen que siga siendo considerado un peligro para la sociedad. Algunos afirman que teme salir al exterior y que, de darse esa circunstancia, solicitaría permanecer en el penal de Sierra Chica. No está confirmada esta versión.

La pregunta a responder sería la siguiente: ¿En caso de ser liberado, el protagonista de esta historia puede volver a matar…? Cuando se consustanció su juicio, allá por 1972, él amenazó a los jueces del Tribunal dela SalaPrimeradela Cámarade Apelaciones de San Isidro que determinaron su condena, con estas palabras: “Esto fue un circo romano. Algún día voy a salir y los voy a matar a todos”. Dicen los testigos que aún resuena el eco de estas palabras en los pasillos de los tribunales de San Isidro. Esto también explica porque causa la figura de Robledo Puch aún provoca temor.

El doctor Osvaldo Raffo, decano de los médicos legistas, también tuvo extensas tenidas con el asesino en los Tribunales de San Isidro. “No era un adversario fácil -confesó Raffo treinta años después-. Los psicópatas son manipuladores. El pretendía jugar conmigo al gato y al ratón”. Cuando un periodista le preguntó: “¿Cree que si sale algún día volverá a matar?”, el perito no dudó: “¿Alguien se animaría a liberar de la jaula al león viejo porque hace mucho que no come?”. Y es entonces cuando el periodista que lo entrevista percibe que Raffo volvía de aquellos duelos verbales con dolor de cabeza, perturbado. “Descubrí que estar tanto tiempo con ese personaje, que destila maldad por todos sus poros, me había intoxicado. No era un humano. Sentía un desasosiego, algo inexplicable. Me había metido en su alma y en su mente, había bajado a los infiernos. No sé si era su mirada penetrante, el halo maligno que lo rodeaba o algo misterioso. Pero seguramente si usted lo visita va a sentir cosas raras”.

Mi percepción indica que el paso del tiempo embellece el delito, aun el más sórdido. Así nacen las leyendas criminales. Pero la figura de Carlos Eduardo Robledo Puch continúa despertando odio, temor, incógnita. El horror continúa. En definitiva, mató a personas comunes sin ninguna razón y sin darles la menor posibilidad de defensa. Cualquiera pudo ser su víctima: por eso fue la esencia del enemigo público. Y lo sigue siendo.

En numerosas oportunidades se argumenta –con razón- que la juventud actual carece de un basamento de principios y valores –aunque hay excepciones, claro-. Que solamente le interesa lo material, el dinero, la figuración, lo que la moda le vende o impone. Además, se dice que la juventud de la anterior generación (a la cual yo pertenezco) era diferente, más estable. De ser cierta esta hipótesis, el protagonista de este texto fue un “adelantado”. Un joven que amaba el dinero y los objetos materiales –caso automóviles- y que no dudaba en asesinar a mansalva con tal de obtenerlos. Al respecto y para reafirmar esta teoría es pertinente señalar quela Sociologíaes una disciplina que asegura que las condiciones sociales siempre, de un modo u otro, influyen sobre las conductas individuales. De todas maneras, como interesado que soy de las condiciones sociales bajo las que se desarrolla la vida de los seres humanos, considero que el interrogante que subyace bajo la conducta individual de este criminal es la siguiente: ¿la sociedad argentina de fines de la década del 60 fue la que –de un modo u otro- gestó a este joven asesino inescrupuloso, o por el contrario, Robledo Puch constituyó un caso único y absolutamente especial despojado de toda connotación social? He aquí la gran duda, a mi humilde criterio más importante aún que la intenta discernir si sería capaz de matar nuevamente en caso de ser liberado.

También se me ocurre que Robledo Puch fue –y es- una especie de símbolo: en una década sembrada por tanto escarnio, esto es atentados, crímenes estatales, muertes, desapariciones, en una década que, vista a la distancia, fue lamentable para los argentinos, Robledo Puch se encargó de propiciar el primer, abundante y tenebroso golpe  en una sociedad que, sin saberlo, se encontraba en el umbral de un extenso túnel de terror y sangre homicida que cambiaría su faz para siempre. Y que tomaría forma en 1976 cuando los militares del “Proceso de Reorganización Nacional” tomaron el poder e instituyeron una dictadura cruel y delictiva.

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