Un cambio muy profundo

 

Ricardo Osvaldo Rufino mir1959@live.com.ar

 

Marcelo Cantelmi, corresponsal del diario Clarín, de Buenos Aires, se encuentra desde hace varios días cubriendo en exclusividad los sangrientos sucesos que se producen en Libia. El día sábado 26 de marzo el periódico le publicó un artículo realmente analítico y pleno de conceptos originales, muy valioso por provenir de alguien que está observando los episodios en el terreno mismo de las acciones.

El periodista del medio argentino afirma de modo contundente que las rebeliones que se están dando en el mundo árabe se deben a que enormes masas de población laicas están reclamando democracia, instituciones y libertad, convencidos que estos “no son atributos solamente occidentales, sino que son valores humanos”.

Cantelmi nos dice que las motivaciones de numerosos habitantes de Egipto, Túnez, Yemen, Libia, etc., que han decidido enfrentar a las autoridades de sus países,  ya no se explican por una concepción religiosa excesivamente ortodoxa o fundamentalista. Ya no es posible continuar echándole la culpa de las eclosiones populares al islamismo o al terrorismo. Ahora, las reivindicaciones son netamente políticas.

Cantelmi señala que Libia es “un país corrompido hasta sus cimientos y donde no hubo nunca partidos políticos o instituciones de ningún tipo”. Sin embargo, los libios parecen haberse hartado de estas circunstancias y están decididos a cambiarlas de raíz.

Esta situación configura un escenario verdaderamente nuevo, original. 

Al respecto, uno debería interrogarse lo siguiente: ¿Qué actitud están adoptando las potencias occidentales ante esta realidad que rompe el molde de lo que estábamos acostumbrados a observar en esta parte del mundo musulmán, caracterizada desde siempre por un escaso apego a los valores democráticos e institucionales?

La respuesta es la siguiente: Alemania, Francia, Gran Bretaña, Italia y Estados Unidos, fundamentalmente se encuentran preocupados por la provisión de petróleo y energía. Pese a que se autotitulan –y se autotitularon desde siempre- defensores a ultranza del sistema democrático, en esta caso reaccionaron tratando de preservar la provisión de esa “savia” que es vital para el funcionamiento y la lozanía de sus economías.

Esta preocupación resulta fácil de comprender: según las estimaciones de la British Petroleum (BP), entre 1970 y 2010 el consumo de energía primaria en el mundo se duplicó y Japón es el país que consume más energía en relación al PBI. Y por otra parte, las proyecciones de BP para los próximos 20 años dan cuenta de una nueva duplicación del consumo en un período más corto que la duplicación anterior.

Por caso, Cantelmi relata que luego de muchos años de acuerdos en infinidad de asuntos de diversa índole, Francia y Alemania se enfrentaron duramente por el caso Libia: en un primer momento los galos se mostraron proclives a expulsar como fuese a Muammar Kadafi, y si era necesario eliminarlo físicamente. Los germanos, más pragmáticos, pretenden vigilar otros intereses más específicos debido a la voracidad de energía que tienen, por ser carentes de fuentes propias e incluso de materias primas.

Conviene recordar que Libia produce sólo el 2% del petróleo mundial, y la mitad de lo que bombea va a Italia, Alemania y Francia, en ese orden. 

Es por estas razones que Estados Unidos y sus aliados europeos han venido apostando que los regímenes autoritarios árabes puedan derrotar, en principio, estás revoluciones o, en su defecto, intentar luego controlar y atenuar sus efectos.

A ver, pongámonos en situación: los líderes de las grandes potencias occidentales (Obama, Sarkozy, Angela Merkel, Berlusconi, Cameron, etc.) seguramente se enfrentan a un brete de difícil y complicada resolución: el contexto es particularmente novedoso porque no es que sus colegas del mundo árabe comenzaron a negarse a proveer las cuotas acostumbradas de ese oro negro que es la esencia de los aparatos productivos de sus países. No. No es éste un problema de mala voluntad. Es un problema de otro tenor, inesperado, sorpresivo. Millones de pobladores árabes, de pronto, reivindican esos valores que han sido históricamente típicamente occidentales. Quieren democracia, quieren partidos políticos, quieren votar y elegir libremente a los dirigentes que los conducirán en el futuro próximo, pese a que indudablemente no poseen tradición ni cultura democrática. Se muestran hartos de que con la excusa de preservar la doctrina sagrada del Corán, dictadores inescrupulosos los tienen sojuzgados desde hace décadas, con el pueril pretexto –en varios casos, no en todos, vale la aclaración- de ser los guardianes de los preceptos más puros del credo legado por Mahoma.

¿Es esto malo? No de ninguna manera. Yo creo que es un avance indiscutible para la salud de la comunidad internacional, pero como todo cambio profundo hasta materializarse producirá rebeliones, rispidices, incertidumbres, enfrentamientos.

Creo también que las naciones que poseen un extensísimo recorrido democrático, que tienen experiencia en estas lides consistentes en vivir en sociedades en las que se respetan a rajatabla los derechos cívicos deberían aportar su enorme “grano de arena” apoyando estos cambios tan profundos. Y no pensar y actuar únicamente en términos de conveniencia económica.

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