Un atentado feroz, un vacío incomprensible

Ricardo Osvaldo Rufino  mir1959@live.com.ar

“La lucha del hombre contra el poder, es la lucha de la memoria contra el olvido” (Milán Kurdera). 

La tremenda dimensión del atentado –hasta el momento en que ocurrió, el más importante de la historia argentina- no permitió imaginar que la investigación posterior iba a resultar tan insulsa, ineficaz e insignificante. 

Hoy, 17 de marzo de 2011, se recordó el 19º aniversario del atentado que demolió el edificio de la Embajada de Israel, ubicado sobre la calle Arroyo –a metros de Suipacha-,  en pleno centro de la ciudad de Buenos Aires.

Por tratarse de un delito cometido en “territorio extranjero” (así se considera a las embajadas), la pesquisa siempre estuvo en manos de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, que no ayudó en el esclarecimiento y hasta convirtió a las víctimas en difamados.

Uno de sus presidentes, el anciano doctor Ricardo Levene, llegó a afirmar que la explosión se había debido a la existencia de un arsenal situado en el sótano de la embajada. Luego se aclaró que el edificio carecía del mismo…

Así, tan así fue la investigación llevada a cabo por el más alto tribunal de justicia de la República Argentina: absurda, inconsistente, desganada. Como si el objetivo de los encargados de llegar a la verdad sobre lo ocurrido hubiese sido burlarse del impacto que esta verdadera tragedia ocasionó en la sociedad argentina.

En la causa no se ordenó siquiera una medida cautelar, no hubo ningún acusado ni tampoco sospechoso.

Es como si el hecho no hubiese sucedido. Increíble. Los argentinos tenemos una frase preferida al respecto: “Eso pasa solamente aquí”. No estoy tan seguro de su validez, pero no deja de ser acertada en este caso.

Otro hecho digno de ser destacado por lo inverosímil: el atentado produjo 29 muertos y casi 300 heridos. Muy bien, de los 29 fallecidos, siete de los cuerpos nunca fueron identificados ni reclamados por sus deudos…

Los que vivíamos en Buenos Aires en aquella fecha aciaga -17 de marzo de 1992- aún conservamos en nuestras retinas la imagen de la columna de humo que se desprendía de manera fatídica del sector más céntrico de la Capital Federal, que se observaba desde kilómetros a la redonda. 

Los periodistas Jorge Lanata y Joe Goldman (corresponsal de medios estadounidenses en la Argentina, en el momento de la catástrofe), en su libro “Cortinas de Humo” (1994), aseveran que “Una bomba destruye, no evapora: las respuestas permanecen en el lugar; los cuerpos se secan, estallan, pero no se desvanecen; la materia se dobla, se tensa, se eleva o se entierra en trozos de diversos tamaños, pero nunca tan pequeños como para no poder ser encontrados”.

Jorge Lanata, a su vez, en el prólogo de la obra e intentando buscar una explicación a la carencia de información fehaciente y veraz sobre responsabilidades y culpas, destaca con un dejo de indignación lo siguiente: “Llevo veinte años en el periodismo y he escrito hasta el cansancio sobre el escaso valor de la vida, de cualquier vida, en la historia de la Argentina. En estos meses de investigación para este libro sentí lo ínfimo de ese valor. Supe que las víctimas de la muerte mueren cien veces: mueren de estupidez, de pistas falsas, de operaciones de prensa, de interpretaciones políticas, de miserias, de rencillas internas, de ignorancia y miedo. Quizás algunas de estas páginas resulten un tibio reflejo de la especie humana, de las infinitas preguntas sin respuesta que nacen de la crueldad, de la estupidez, el egoísmo, el desinterés; la vida y la muerte”. 

Es poco lo que se sabe, es mucho lo que se ignora. Aparentemente una camioneta Ford F-100 de color blanco, cargada con explosivos letales y conducida por un suicida, impactó contra el frente del edificio de la embajada israelí en la Argentina y lo destruyó por completo.

Los interrogantes abundan. Ya han pasado 19 años y continuamos sobre ascuas. Y este atentado fue la antesala del siguiente, del otro, del terrorífico que destruyó el edificio de la AMIA, en la calle Pasteur 632, y que el 18 de julio de 1994, asesinó a 89 personas.

Me preocupa enormemente el vacío que dejaron estos dos atentados por una razón muy valedera: ningún futuro puede construirse en un país sobre la muerte impune. Y en estos dos hechos deleznables, la impunidad ganó la batalla de modo contundente.

Numerosos argentinos aún esperan que la Justicia, que las instituciones formales de la Nación, en definitiva, que los órganos encargados de posibilitar que los argentinos vivamos en un medio civilizado y no salvaje, le digan quién y por qué asesinaron a sus seres queridos. Sobre esa angustia, sobre esa incertidumbre tan cruel, es difícil construir un país sano. Tarde o temprano estos hechos nos “pasarán la factura”, como decimos los que habitamos estas tierras.

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