Desequilibrio entre población y recursos

Ricardo Osvaldo Rufino  mir1959@live.com.ar

 

Entre las décadas del cuarenta y del cincuenta del siglo pasado, la Universidad de Princeton realizó una investigación sumamente interesante. Los países pobres –observaron en Princeton- no pueden esperar el crecimiento y el desarrollo económico, ya que el aumento de las bocas a alimentar consume inmediatamente el aumento de la renta nacional a medida que se produce éste, impidiendo la acumulación de capital productivo y la construcción de infraestructuras básicas (rutas, puentes, usinas hidroeléctricas, etc.), que son la que le dan sustento a la dinámica productiva. Es como el cuento de la tarta: a cada comensal le toca un pedazo, pero si los comensales no hacen más que aumentar y la tarta crece poco o nada en absoluto, cada pedazo se reduce a unas migajas y muchos se quedan con un nudo en el estómago…

En estos años de mediados del siglo XX, la gran mayoría de los líderes mundiales ya habían asumido el drama de la superpoblación y se había optado por la planificación familiar, que no era bien vista en Estados Unidos porque se la consideraba dirigista y estatalista.

Sin embargo, las preocupaciones de la universidad estadounidense no eran puramente científico-demográficas. Su inspiración más profunda era política: a saber, los motivaba el temor a que la extrema pobreza de inmensos países acabara por arrojarlos en brazos del comunismo. En esos años Moscú acababa de construir la bomba atómica, había guerra en Corea y Mao había conquistado China. 

Continuando esta misma línea, en 1969 el informe Pearson del Banco Mundial confirmó que el fortísimo crecimiento de la población es responsable del subdesarrollo. En el período 1965-1970 la población de los países pobres aumentó a la alarmante tasa anual del 2,52%, mientras que en los países desarrollados fue de 0,81%. 

Estos son los antecedentes, en la actualidad la población mundial continúa creciendo a razón de aproximadamente 90 millones de personas al año, pese a la caída de la tasa de fecundidad. Al respecto, Stephen Hawking, el gran científico y cosmólogo que enseña en Cambridge en la cátedra que fue de Newton, afirmó de modo contundente que si los seres humanos seguimos duplicándonos cada 40 años, antes o después nos veremos obligados a abandonar nuestro superpoblado y contaminado planeta… 

Frente al acelerado crecimiento de la población mundial surgen dos preguntas importantes: ¿Podrá el planeta producir suficiente alimento para los aproximadamente 7.000 millones de habitantes actuales y para los que nacerán en los próximos años? Y en caso de lograrlo, ¿Se podrá distribuir la producción equitativamente?

En torno a este dilema fundamental existen opiniones encontradas.

Por un lado se encuentran los pesimistas, herederos de la teoría del economista inglés Thomas Malthus, formulada a fines del siglo XVIII y principios del siglo XIX. Sostenía que la población crecía en proporción geométrica (1, 2, 4, 8, 16, 32, 64…) –duplicándose cada 25 años-, en tanto que los recursos alimenticios aumentaban en progresión aritmética (1, 2, 3, 4, 5, 6,…). El fundamento de esta hipótesis consistía en sostener que el desequilibrio entre el crecimiento demográfico y la producción de alimentos se agravará progresivamente y provocará el hambre y la miseria en el mundo.

Por otro lado se encuentran los optimistas que, si bien reconocen la gravedad del problema, consideran que la población del mundo se estancará en el año 2150 en alrededor de los 10.800 millones de personas. Sostienen que nuestro planeta posee recursos suficientes para alimentar a esa población en crecimiento.

Las mejoras en la agricultura y las innovaciones tecnológicas han logrado mantener el abastecimiento de alimento lo suficientemente elevado para cubrir la demanda mundial.

Por consiguiente, no se trata de un problema de producción, sino de la posibilidad de adquisición de tales alimentos y de su distribución. Está claro que estos recursos no están disponibles donde resultan más necesarios: tienen más quienes menos crecen. Además el incremento de los precios de los cereales debido a la especulación financiera que se registra en los últimos años, agrava este escenario de por sí ya complicado.

Debido a esta problemática, en algunos países existe “presión demográfica” o “sobrepoblación”. Este término se utiliza para designar a aquellos territorios cuya producción de alimentos no es suficiente para atender los requerimientos normales de su población.

Los expertos han tratado de determinar la capacidad de carga de nuestro planeta, o sea, la población máxima sostenible y la población óptima sostenible que permitiría a la mayor parte vivir con sus necesidades básicas alimenticias satisfechas, sin perjudicar la aptitud de la Tierra para soportar esa población en el futuro. Ninguno de los intentos por calcular dichos montos ha resultado concluyente.

Para concluir, es claro que la solución de los problemas derivados del crecimiento de la población mundial no depende exclusivamente de los recursos económicos ni del medio ambiente sino de la voluntad política. Pero también es evidente que el número de habitantes es exorbitante y, mientras arriban las soluciones políticas, los esfuerzos deben estar destinados a disminuir marcadamente los índices de natalidad. Actualmente más de 300 millones de personas viven con menos de un dólar al día: son el doble que hace 30 años y amenazan con superar los 400 millones en 2015. La lucha contra el hambre ya muestra su rostro de fracaso irreversible y “no puede ser de otra manera con el crecimiento continuo de las bocas a las que hay que dar de comer” (“La tierra explota”, Giovanni Sartori y Gianni Mazzoleni, Editorial Taurus). En el mundo cada cuatro segundos una persona (por lo general un niño) muere de hambre y, en este contexto, seguir trayendo niños a este mundo de modo casi irresponsable me parece un absurdo trágico.

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