¡Señores políticos: dejen de robar!

Ricardo Osvaldo Rufino  mir1959@live.com.ar

 

Señores políticos del mundo entero: a través de este escrito le voy a hacer un pedido, casi una súplica: por favor dejen de robar, los que lo hacen.

Y a esta solicitud la realizo desde mi posición absolutamente democrática. Soy una persona amante del sistema democrático, y conocedor por experiencia propia de la vitalidad y del grado de libertad que el mismo le proporciona a una sociedad.

Ustedes no pueden ignorar, a esta altura del siglo XXI, del grado de desprestigio que han acumulado en numerosos países y regiones del planeta por obra y acción propia. Nosotros, los ciudadanos, solamente deseamos vivir bien y que ustedes administren con responsabilidad y probidad los dineros y las propiedades públicos. 

Les digo con humildad –y sabiéndome pertenecer al mismo “equipo”, ese “equipo” que desprecia todas las formas autoritarias y dictatoriales- que no deben olvidar el muy fuerte efecto que produce la corrupción en una ciudadanía, y esto es desmoralización.

Recuerdo que no hace muchos años en mi país,  la República Argentina, a los pocos días de anunciarse la implementación de un nuevo impuesto que recaudaría –se dijo- aproximadamente 150 millones de pesos, se anunció un desfalco al fisco por más de 300 millones. Los contribuyentes se sintieron desconcertados, confundidos, irritados. Lo que a ellos les costaba tanto esfuerzo se iba plácidamente por la rejilla de la corruptela…

El argentino que actualmente gana 2.000 pesos por mes –y son muchos- o está desocupado posee sobradas razones para indignarse frente al funcionario corrupto que, en numerosos casos, muestra impúdicamente las riquezas que nunca pudo haber adquirido honestamente. 

Los dineros y las propiedades que pertenecen al Estado deben ser sagrados. Todo funcionario debería tener como una premisa clave de su conducta este precepto. La República Argentina se hizo grande gracias al aporte de próceres que cumplían a rajatabla con éste. Días pasados leía que en los años primigenios de la empresa YPF (Yacimientos Petrolíferos Fiscales), actualmente la compañía más grande de la nación (en asociación con Repsol), cuando un empleado administrativo requería un lápiz sí o sí debía entregar en la oficina de suministro el cabo del anterior. ¡Así se hace un país digno! ¡Así se edifica un país revestido con dignidad! 

Sin embargo, estas son consideraciones políticas y morales. Analicemos el efecto estrictamente económico. Los tristes “negociados”, aún aquellos que consistieron en millones de dólares, no representan, a la luz del presupuesto anual nacional de un país, algo extremadamente significativo. ¿En qué se modificaría ese presupuesto si todos los funcionarios fueran probos? En muy poco, por cierto.

El peor efecto económico de la corrupción no es lo que el funcionario se lleva a su casa o deposita en su cuenta bancaria, sino todo lo que no hace cuando su accionar es corrupto. La principal diferencia entre un funcionario honesto y uno corrompido es que el primero se preocupa por ejercer bien sus funciones y el segundo por enriquecerse. Esa escasa o nula dedicación a la función que debería ejercer es el mayor daño que causa la corrupción a la economía real. 

Otro aspecto esencial es que las inversiones  se resienten cuando en un país existe una corrupción generalizada, porque hay muchas empresas multinacionales que no admiten pagar sobornos y, entonces, ven dificultada o impedida su participación en un territorio donde la corrupción se haya generalizado. No parece ser este el caso de IBM, la empresa de computación más grande del mundo, cuyos funcionarios están acusados de participar en uno de los mayores escándalos de corrupción de nuestro país  de los últimos años,  por haber acordado con las autoridades del Banco de la Nación Argentina, una provisión fraudulenta de servicios informáticos.

En resumen, deberíamos rechazar esa arraigada imagen de que los males de la economía de una nación se deben a la corrupción, como dijo un sindicalista (Barrionuevo, en Argentina) cuando se inmortalizó con la frase: “Tenemos que dejar de robar por dos años para salvar al país”.

Y esto tiene una enorme importancia práctica, porque aunque suene muy extraño, lo peor que puede hacer la ciudadanía de un país es elegir a sus gobernantes en función de su probidad u honestidad.

La honestidad debería ser, señores políticos, un pre-requisito para que nosotros decidiéramos votarlos a ustedes. Como ciudadanos, lo que más importa al momento de elegirlos ha de ser su capacidad de soluciona los problemas y de gestionar correctamente, su decisión de enfrentar las situaciones de fondo que impiden el desarrollo nacional, su visión de futuro, su fortaleza para enfrentar a los sectores de poder, su conocimiento de la realidad, su experiencia política y la excelencia de los planes de gobierno que piensa ejecutar. O la calidad de los proyectos de ley que proyecta llevar a una cámara legislativa. 

Les propongo que entre ustedes y nosotros luchemos por fortalecer los sistemas democráticos. Ellos son la mejor vía para vivir en paz y con libertad. Pero claro, en este “acuerdo” ustedes cumplen un papel protagónico.

Un último consejo: no abusen de la paciencia y la tolerancia de los pueblos. Ejemplos de la reacción de éstos no voy a dar. Ustedes, señores políticos, los conocen bien.

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