¿Cerrar la economía? Imposible

 Ricardo Osvaldo Rufino   mir1959@live.com.ar

La generalización, expansión y –puede decirse- “explosión” de los transportes y las comunicaciones fueron los dos factores que dieron basamento a la irrupción de la globalización.

 

Las empresas multinacionales comenzaron a ver que un mismo trabajo que en los Estados Unidos, en Inglaterra o en Francia lo hacía un obrero que ganaba 2.000 dólares mensuales lo podía hacer alguien en Malasia (o en cualquier otra nación del sudeste asiático)  ganando 40 dólares por mes. Así surgió la tentación irrefrenable de llevar ese material al otro lado del mundo, hacer esa parte del trabajo y ahorrar dinero.

Mientras las comunicaciones eran caras y lentas, esto hubiera sido una locura; cuando se volvieron baratas y rápidas, era una locura no hacerlo. 

En nuestros días, una empresa radicada en los Estados Unidos puede fabricar un “chip” de computación; pero durante el proceso, el material puede dar varias veces la vuelta al mundo, porque en su elaboración intervienen personas de diferentes países.

Las empresas dejaron de ser “multinacionales” para pasar a ser “transnacionales” y, como afirma Robert B. Cheik, quien fue ministro de Trabajo del presidente Clinton, en Estados Unidos:

“En suma, ¿cuál de éstos es un producto norteamericano? ¿Cuál un producto extranjero? ¿Cómo se determina? ¿Importa realmente esto?” (El trabajo de las naciones, Vergara, Buenos Aires, 1993). 

Las fronteras nacionales no existen para la economía actual. Las empresas dejaron de tener un centro en un país rico y sucursales esclavas en países pobres, para convertirse en redes de producción internacional que no reconocen fronteras ni nacionalidades. Las empresas adoptan, como domicilio fiscal, los países que menor cantidad de impuestos cobran. Estas redes de producción mundial tampoco son necesariamente parte de una misma empresa.

Las células de estos enormes organismos mundiales pueden ser pequeñas o grandes. Ya sea un pequeño estudio de diseño industrial formado por tres o cuatro personas talentosas que con su computadora conectada a Internet trabajan para una gran empresa supranacional desde cualquier lugar del mundo, ya sea un programador individual que trabaja en su casa con las pantuflas puestas, o una planta industrial de varias hectáreas donde trabajan cientos de obreros y cientos de robots. Todos se integran con diferentes formas de asociación jurídica a una red mundial de producción que, a lo mejor, fabrica un automóvil que luego se vende en diferentes continentes. 

Lo que ocurre con la manera de producir es exactamente lo mismo que ocurre con la propiedad de las grandes empresas. Resulta tan difícil decir que una empresa es estadounidense, inglesa o paquistaní, como decir quien es el dueño; porque además de existir muchas formas de asociaciones entre empresas jurídicamente independientes, la mayoría de estas grandes compañías cotizan sus acciones en bolsa y, a su vez, estas acciones están en poder de fondos comunes de inversión que pueden pertenecer, en ínfimos porcentajes, a cientos de miles de personas. Algunas de ellas son millonarios y otras, obreros de reducidos ingresos que ni saben que su fondo de jubilación es propietario de acciones de esa sociedad. 

Frente a esta realidad mundial, compleja e irreversible, no existe país que pueda pensar en tener una economía cerrada, sin quedarse absolutamente al margen del progreso y de la historia.

A mi criterio, la clave de esta realidad pasa por lograr el equilibrio que significa integrarse abiertamente al mundo aceptando las condiciones que exige la globalización, pero sin perder la autonomía e independencia para decidir que un país que se digne de soberano debe poseer.

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