La Economía del Miedo

Ricardo Osvaldo Rufino  mir1959@live.com.ar

 

El 7 de julio de 2006 un nuevo acto de barbarie sacudió al mundo. Un supuesto grupo terrorista musulmán atentó contra el sistema de transporte público de Londres y masacró decenas de personas inocentes en los autobuses y los subterráneos. 

Al día siguiente, en un artículo titulado “La Economía del Miedo”, publicado en el diario La Nación de Buenos Aires, el conocido economista Kenneth Rogoff, graduado de Yale y Harvard, profesor de esta última universidad y ex economista jefe y director de investigaciones del Fondo Monetario Internacional (FMI), explicó detalladamente  los beneficiosos efectos del terrorismo para la economía de Estados Unidos.

Si se lee el agudo artículo de Rogoff y se lo interpreta correctamente, se entiende que el terrorismo internacional ayuda a mantener la economía norteamericana artificialmente “sana”, dado que el miedo global que el terrorismo produce acentúa un proceso de aversión al riesgo en los inversores internacionales, sean éstos empresas o particulares. Esa aversión provoca que ante una situación de incertidumbre internacional –como la que ocasiona el temor constante que ocasiona el terrorismo- más inversores decidan mantener depósitos, títulos y acciones en dólares norteamericanos, lo que ayuda a sostener las tasas de largo plazo artificialmente bajos en relación con lo que deberían ser, los bancos estadounidenses cuentan con mejor nivel de liquidez del que tendrían si no hubiera terrorismo, aumenta el financiamiento a empresas y particulares con bajas primas de riesgo, y las acciones líderes del mercado bursátil norteamericano se mantienen artificialmente altas.

Además, el alejamiento de los capitales de los países emergentes y su entrada a los Estados Unidos que el temor al terrorismo global ocasiona favorece el financiamiento del déficit fiscal norteamericano, pero por sobre todo del exorbitante déficit externo de la balanza de pagos de su economía que ha llegado a niveles alarmantes. Su corrección bien podría implicar la necesidad de un muy fuerte ajuste de cuentas que pondría en vilo a toda la economía norteamericana: sus familias, sus empresas, sus bancos y su gobierno, deberían ajustar sus números si no existiera este aporte de capitales foráneos. 

El razonamiento de Rogoff es sustancioso y marca con claridad un hecho paradójico: Estados Unidos fue tremendamente afectado por el terrorismo global el 11 de septiembre de 2001. Sin embargo, los inversores internacionales ante una situación de riesgo en el escenario mundial continúan optando por el mercado financiero de esa nación. Y su conducta disimula los gruesos déficit de su economía.

 

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