Llamar ¡guapa! a una mujer

Pues toda mujer tiene su encanto…

En el amor puede haber, tristeza dentro de la entrega, puede haber admiración dentro de la sumisión, puede haber dulzura dentro de la pasión… Y recuerdo aquella frase famosa de Ramón de Campoamor (Navia, Asturias 1817–Madrid 1901), que dice: “Todo en amor es triste; más triste y todo, es lo mejor que existe”.

Podemos entender, muchas veces, que la pasión del amor es una sueño irrealizable, pero esto no es cierto. No se lleva ni es moderno hablar de pasiones, mas muchos chicos/as siguen muriéndose de amor, y se lanza al espacio desde los rascacielos, les sirve también cualquier viaducto que se echan a sus ojos, y otras muchas veces se tiran a cualquier río de nuestra geografía desde el primer puente que encuentran sobre laso mismo. Puedo escuchar sobre las olas del mar aquel canto–lamento, que expreso Safo–poetisa: “Desearía estar muerta, y no miento, ella me abandonó entre sollozos”.

No todos amamos de la misma manera, pues el temperamento de cada uno de nosotros es distinto. También influyen nuestras costumbres, nuestra educación, nuestro entorno social. etc. No obstante, debemos estar preparados para dar y recibir amor.

Hay que tratar de no mentir, más uno lo haría en dos casos muy concretos: a) para salvar la vida de un ser humano, y b) para elogiar la belleza de una mujer–parto de la base que para uno existen tan sólo mujeres menos guapas, pues toda mujer tiene su encanto.

Porque como… si escuchamos a lo que dijo Ashley Maontagu (La agresión humana, 1976) de que “La única forma de aprender a amar es siendo amado. La única forma de aprender a odiar es siendo odiado. Esto ni es fantasía ni teoría, simplemente es un hecho comprobable. Recordemos siempre que la humanidad no es una herencia sino un triunfo. Nuestra verdadera herencia es la propia capacidad para hacernos y formarnos a nosotros mismos, no como las criaturas del destino sino como forjadores”.

“Todo en amor es triste; más triste y todo, es lo mejor que existe”, Ramón de Campoamor.

Un amor triste…

Y sin embargo, nuestros males no terminan aquí: nos hemos vuelto avariciosos de nuestros sentimientos para con los demás. Somos menos tiernos, menos sentimentales, más duros de carácter y, por tanto, más miedosos: no disponemos de tiempo para escuchar a nuestros amigos/ as, reprimimos nuestras emociones, nos negamos a ser vitalistas, nos somos nosotros mismos y, ¡caramba!, nos negamos a comprometernos humana y sentimentalmente con nuestros semejantes. Llamar ¡guapa! a una mujer–las hay que “quitan el hipo”, y esto lo digo con permiso de mi señora–, es humano y vitalista; esto no creo que nadie lo vaya a considerar como “acoso sexual” ¡faltaría más…!

El pueblo español se conforma con poco: Un amor, un amigo/a, un libro…Bueno, ¡qué no nos quiten el fútbol! Es el pan nuestro de cada día. Pienso y reflexiono, ¿qué seré yo?: ¿Hombre rico, hombre pobre? ¿No será que soy un pobre hombre?

Historias de amor existen muchas, indudablemente que sí, pero cuando uno ha cumplido más de sesenta años se puede morir de y por amor. Recuerdo a dos personas, ella de 60 y él de 64, que se habían amado como nadie se ama en esta vida: con ternura, con delicadeza, con sentimiento…Al poco tiempo ella se enfermó de…cáncer de pulmón, –esa terrible enfermedad que todos llevamos dentro, y que aparece cuando menos la esperamos–, aunque nunca fumó. Su vida se esfumó a los cuatro meses, ni un día más. Él estaba destrozado, pues su semblante así lo expresaba: pasados dos meses falleció con consecuencia de un paro cardíaco. Su corazón había expulsado sangre de amor por los cuatro costados.

“Todo en amor es triste; más triste y todo, es lo mejor que existe”

Siempre me pregunté el porqué fue tan rápida aquella muerte: posiblemente aquel hombre terriblemente enamorado de su mujer no supo ni quiso seguir viviendo con ‘su dolor’ insufrible, y dijo: “¡basta ya! Me voy…por he perdido una parte de mi cuerpo. Eran más de cuarenta y cinco años de convivencia y armonía.

Antes de morir, nuestro hombre en cuestión, había expresado a una enfermera de turno de guardia: “El llegar a ser anciano no tiene por qué convertirse en un camino sombrío, en un trayecto penoso. Pero lo cierto es que, en nuestra civilización actual-por así llamarla, pues en muchas ocasiones damos muestras inequívocas de estar poco civilizados…-, la vejez la estamos transformando en un problema emocional-nubes emocionales vestidas siempre de lutos. Y es que muchas familias tienden a aparcar-como si de coches-chatarra se tratasen-, a sus más queridos seres–viejos- en cualesquiera residencias, donde los sentimientos humanos se transforman en piedras de granitos arcaicas , donde las ilusiones desaparecen todos los días cuando se acuesta la luna. Y esto ocurre cuando las personas mayores saben, mejor que nadie, qué es importante en la vida, qué es accesorio, qué merece la pena hacer o desarrollar, qué amor es el verdadero y cuál es el falso…”.

La Coruña, 29 de enero de 2010

© Mariano Cabrero es escritor

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